Después de 1540, el pueblo de Campillo empezaba a recobrar su identidad como tal, sus habitantes eran de muchos sitios venidos para poblarlo y una vez todos identificados un buen día, se presentaron dos hombres preguntando por el Castillo de Arenas.
Los buenos vecinos de entonces les indicaron el camino y las vistas que desde el pueblo se veían, estos dos hombres buscaron un cabrero que además de trabajar para ellos le diesen leche para alimentarse.
Estos dos enigmáticos personajes traían unos planos donde señalaban un tesoro y le hicieron saber al cabrero que tendría su parte además de su paga por servicios. Empezaron a cavar frente a la Torre redonda donde estaría el tesoro. Cavaron durante días y el tesoro de sus antepasados no salía a la luz.
El cabrero les dijo que allá arriba estaban los alcázares y se trasladaron allí y tras cavar por todos los sitios no encontraron nada. Entonces el cabrero les indicó una cueva que miraba al pueblo y que allí había fosos tapados.
Bajaron a la cueva, se sentaron fuera en una losa vieron una tinaja perforada en la roca y llegaron al sitio y no había nada. Ya desanimados, se echaron al suelo y vieron otra tinaja más adentro y cavaron con ánimo. Encontraron un pergamino que decía lo mismo que el que tenían: Frente a la cabeza del toro está el tesoro y subieron y cavaron otra vez haciendo un tremendo foso, el cabrero se cabreó y el tesoro sin aparecer, entonces decicidió irse y una y otra vez le rogaron que se quedara que le pagarían bien. Desesperado cogió el azadón y dio en la piedra cabeza del toro de los camar y enseguida salió el tesoro, estaba en la frente del toro.